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martes, 17 de enero de 2023
SUBTERRÁNEOS - ROMAIN BAUDY
miércoles, 26 de octubre de 2022
SHUDDE-M'ELL
El extraño libro hablaba de G’Harne, una ciudad perdida que había sido erigida en el Triásico por una raza llamada los Antiguos… una auténtica locura teniendo en cuenta que, por aquel entonces, la Tierra estaba habitada por poco más que reptiles. Aquella increíble e inverosímil teoría no había detenido a Sir Wendy-Smith y, ávido de aventuras, había decidido organizar y dirigir una expedición para localizar la ciudad en el año 1919; lamentablemente, la búsqueda terminó de forma trágica.
A pesar de que no hubo supervivientes, la rumorología afirmaba que aquellos hombres habían visto G’Harne con sus propios ojos y, como suele ocurrir, los rumores dieron paso a la leyenda: la ciudad existía, aunque esta se hubiera convertido ahora en un lugar en ruinas y repleto de madrigueras y grutas subterráneas, al parecer, gobernada por un ser monstruoso bautizado como Shudde-M’ell, el padre de los gusanos.
Así, guiados por las explicaciones y rudimentarios mapas que aparecía en las páginas de los “Fragmentos de G’Harne”, llevábamos meses recorriendo las regiones desérticas del norte de África en busca de la misteriosa ciudad escondida. Nuestra expedición parecía condenada a un final similar a la de Sir Wendy-Smith cuando, después de alcanzar la zona del Sáhara a su paso por Egipto, empezamos a sentir unos leves temblores durante las noches.
Cada vez que acampábamos, al llegar la madrugada, la arena parecía cobrar vida y moverse, como si algo gigantesco se deslizara por las profundidades del desierto. Varios de los bereberes que nos acompañaban como guías e intérpretes se mostraban preocupados y alguno de ellos mencionaba a una criatura primigenia maligna con aspecto de gusano gigante, ¿se referían a Shudde-M’ell aquellos hombres? No hacíamos excesivo caso a tales historias, pero finalmente, después de levantar el campamento base en el oasis de Siwa, los temores infundados resultaron ser terriblemente ciertos.
La tercera noche en Siwa empezó de manera extraña, con un silencio sepulcral e inquietante. De pronto, cesó la brisa, la atmósfera se enrareció y el ambiente se tornó denso. Costaba incluso respirar. Se me taparon los oídos, como cuando uno sufre un cambio de presión repentino, y sentí un dolor en el pecho que no era normal, como si el aire pesara y me incrustara en suelo. Mi corazón martilleaba desbocado, palpitando en mis oídos con la fuerza de un tambor de guerra, comiéndose el silencio absoluto y antinatural que lo colmaba todo.
De repente, el suelo se sacudió, la arena empezó a moverse y se escuchó un interminable crujido, una especie de lamento sobrenatural que parecía emanar de las entrañas de la tierra. Paró, por un momento dio la sensación de que iba a cesar el terremoto, pero no… fue el principio del fin porque el suelo volvió a temblar y esta vez lo hizo como si el mundo se estuviera desmoronando a pedazos, como si el corazón de la Tierra estuviese a punto de estallar: ¿qué demonios estaba sucediendo?
Y entonces, ruido. Ruido como si una colosal manada de búfalos desbandados se acercara y devastara todo a su paso. Y luego estaba aquella especie de sonido infernal, mezcla de aullido y aire aspirado. Todo mi cuerpo temblaba y no solamente de miedo, había palmeras que comenzaban a partirse por la mitad como cerillas, rocas que se desprendían y estallaban en mil pedazos, grietas inmensas que se abrían paso en la arena del desierto engullendo todo lo que encontraban en su camino… algo colosal estaba socavando las profundidades.
Mis compañeros estaban pálidos porque sabían, tan bien como yo, que no estábamos preparados para lo que pretendía emerger del más oscuro abismo de los infiernos.
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domingo, 24 de julio de 2022
THE WAR TO ENDS ALL WARS - SABATON
VALORACIÓN: 7'5/10
miércoles, 20 de julio de 2022
VAGABUNDO DIMENSIONAL
En esta ocasión nos encontrábamos serpenteando por un espeso bosque de abetos milenarios, tan caprichosamente dispuestos y apretados entre sí que nos obligaban a avanzar en fila india… tenía la extraña sensación de que nos hacían caminar justo por donde ellos querían. El búnker de la Orden del Crepúsculo de Plata, supuestamente, esperaba al final de aquella maraña interminable de árboles.
Aunque el día había amanecido fresco, a medida que nos habíamos ido adentrando en aquel bosque, el aire que respirábamos se había ido tornando cada vez más espeso y húmedo, dejando la inquietante sensación de que se te pegaba a la piel. A su vez, el silencio era sepulcral, solamente roto por el constante roce de las agujas de los abetos en nuestras ropas y por la vegetación en descomposición que íbamos pisando.
Miraba nervioso a todas partes, algo no encajaba y me olía mal. No se escuchaba ningún animal o insecto y una perturbadora tranquilidad se había adueñado de todo; el bosque parecía estar muerto, como conteniendo el aliento. Los gestos de mis compañeros, tensos y empapados de humedad, decían que no era el único que estaba preocupado. Algo nos acechaba desde hacía un buen puñado de minutos, pero éramos incapaces de saber qué.
Y de pronto sucedió. Escuché un grito ahogado a mi espalda y, cuando me giré, apenas tuve tiempo de verlo. Un horrendo ser aparecido de la nada, de enormes fauces hambrientas y rostro terroríficamente inexpresivo, había abrazado a Cahill. Nuestro compañero forcejeaba por soltarse, pero sus esfuerzos eran del todo inútiles porque la criatura apretó aún más su demoníaco abrazo, clavando sus garras en la mortal carne de Cahill.
No tuve tiempo de abrir fuego, cuando
apunté, el monstruo se había desvanecido. Tal y como había llegado, silencioso
y mortal, el Vagabundo se había marchado a otra dimensión con su presa…
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martes, 28 de junio de 2022
HOMBRES DE LAS NIEVES
Nos hallábamos en el Nanda Devi, en la cordillera del Himalaya. La expedición de Judas A. Pennyworth y Bill Seven pretendía coronar su cima, atacándola a través del desfiladero Rishi… 7.816 metros de hielo, roca y nieve. Aunque estábamos en pleno mes de agosto, el día había amanecido bajo una persistente tormenta de aguanieve que, combinada con un cortante viento, impedía ver con claridad. Más allá de los 3 metros era imposible distinguir nada, así que nos tocaría avanzar despacio para no perder las referencias.
El clima había cambiado repentinamente, como si la naturaleza quisiera evitar que la raza humana conquistara otro territorio virgen. La noche había sido tranquila, pero antes de la salida del sol, unas ráfagas de viento ululante habían colmado el sepulcral silencio de aquel colosal macizo. Tal vez fuera el mal de las alturas, pero tenía la sensación de que el viento hablaba en susurros, lanzando advertencias. Y no era el único; los sherpas también estaban visiblemente nerviosos y habían recomendado que diéramos media vuelta, explicando historias sobre los rákshasa, unas criaturas demoníacas mitológicas.
De todos modos, Pennyworth y Seven estaban tan ansiosos por coronar la cima que hicieron caso omiso de las supersticiones locales. Y entonces, mientras estábamos recogiendo las tiendas y el resto de pertrechos, los peores temores se hicieron realidad cuando una sombra blanca pareció moverse en mitad de la tormenta. Entrecerré los ojos para tratar de ver algo y me pareció distinguir tres enormes siluetas de andar simiesco que se estaban aproximando a nuestro campamento. Los sherpas salieron corriendo y por un instante me quedé petrificado ante lo que estaba viendo; ¿hombres prehistóricos que habían sobrevivido a la glaciación?, ¿grandes primates en el Himalaya?... ¿qué diablos eran aquellos seres?
De pronto, un coro de gritos profundos y guturales hendió el aire y se me heló la sangre en las venas. El terror de algo primigenio se apoderó de mí y eché a correr detrás de los sherpas con la mochila a medio cargar, sin mirar atrás, pero presintiendo que aquellas pesadillas blancas como la nieve se acercaban cada vez más…
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