TRANSLATE:

viernes, 1 de marzo de 2013

EL EJÉRCITO DE TYRION - La Mano del Rey

"EL EJÉRCITO DE TYRION"




El camino transcurría plácidamente flanqueado a ambos lados por altos pinos, como soldados en perfecta formación. Era un bosque interminable, tupido como una alfombra en la que los árboles peleaban por cubrir cada pulgada de terreno.

Tyrion Lannister, el Mediohombre, contemplaba distraído el monótono paisaje a lomos de su caballo, absorto en sus pensamientos y gozando de un momento de paz. A pesar del frío, casi era capaz de olvidar que tras él cabalgaban un buen número de hombres y mujeres pertenecientes a los clanes de la montaña, hombres y mujeres que primero matarían y después preguntarían.

Se giró un momento, echando la vista atrás, y topó con la penetrante y fría mirada de Shagga, jefe de los Grajos de Piedra. También pudo ver a la “encantadora” Chella, que comandaba a los Orejas Negras, y cerca de ella cabalgaba Timett, el líder de los Hombres Quemados.

No sabía cuál de ellos le daba más miedo, si el gigantón, la coleccionista de orejas o el tarado de un solo ojo. Después de haber tenido el placer de conocerlos en las Montañas de la Luna, había tenido que exprimir su inteligencia e ingenio para convencerlos y ganarse su apoyo.

- Mi padre se va a poner muy contento. Oh, sí, contento de veras, casi me lo imagino dando saltitos de alegría - dijo Tyrion volviendo la vista al frente.
- No creo que tu padre comparta tu visión - replicó Bronn.
- Su amado y añorado hijo acompañado de un lustroso y disciplinado ejército de salvajes. ¿Qué te parece?
 Menos es nada - dijo el mercenario.
- Tienes razón. Aunque no sé hasta qué punto su lealtad resulte fiable, por lo menos saben manejar el acero y son excelentes jinetes. Lo único que espero es que no se despedacen entre ellos antes de llegar a las Tierras de los Ríos, tienen tanta fuerza y tanta inteligencia como un toro - se resignó Tyrion.

Bronn no dijo nada más, curiosamente no hizo gala se su sarcástico sentido del humor y se sumió en el silencio. Tal vez estuviera cansado, llevaban varias jornadas a caballo y el frío tampoco ayudaba a levantar el ánimo. Quizá los dioses tuvieran ganas de divertirse o fuera puro azar, pero por si el gélido clima no fuera suficiente, empezó a caer una fina lluvia que amenazaba con arreciar. Tyrion maldijo contrariado.

- Sabes una cosa Bronn, tengo el culo dolorido. Echo de menos una cama de verdad, una mujer fogosa y un buen trago de vino de El Rejo - dijo mientras se cubría con la capucha.
- Pues espero que tu excelso padre haya pensado en eso y lleve consigo unas cuantas putas y barriles de ese vino tan exquisito - por un momento le brillaron los ojos.
-  Ja, ja, seguro, ¡Lord Tywin es muy detallista! El Viejo León nos recibirá entre vítores y con alfombra roja - sonrío Tyrion - Date por satisfecho si podemos llevarnos al gaznate un pichel de cerveza desbravada y un pedazo de carne seca.

La lluvia se tornó cada vez más molesta, repiqueteando insistentemente sobre su capucha y su capa, empapando su espalda y colándose por sus botas. Dios, cómo añoraba un baño caliente y un catre bien mullido.


La Mano del Rey


¿Quieres leer más relatos?
- El Rey Dragón
Adiós

CEBOLLAS CONTRA EL ASEDIO - El Caballero de la Cebolla

"CEBOLLAS CONTRA EL ASEDIO"




Vuelve a caer la noche en Bastión de Tormentas, una más. Las olas rompen contra el acantilado, una y otra vez, con insistencia infinita, en una lucha eterna del agua contra la piedra.

Desde los gruesos muros de la fortaleza puede contemplarse la Bahía de los Naufragios, en realidad un paisaje sobrecogedor, pero lo cierto es que Bastión de Tormentas ha resistido a todas las terribles tempestades que han osado arremeter contra ella. Hasta hoy.

Ha transcurrido un año y la situación es cada vez más compleja. Los víveres escasean y la ración diaria, si la hay, apenas da para acallar los estómagos durante unas pocas horas… a este paso gatos y perros tendrán que andarse con ojo. La gente enferma y el ánimo de los soldados decae. Bastión de Tormentas está cansado, agoniza y si no ha claudicado aún es sólo por la inquebrantable voluntad de su rey.

Stannis Baratheon, impertérrito, observa desde la muralla el bloqueo que están llevando a cabo la flota de Paxter Redwyne y los hombres de Mace Tyrell. Sitiado por tierra y mar, atrapado y sin suministros, sabe que cada día que pasa es un empujoncito más hacia el trágico final, pero sus apretadas mandíbulas son indicativas de que ese final será vendido a un alto precio. Es un hombre testarudo y con una determinación de hierro, pero con eso no se gana una guerra: “Ese bastardo malnacido de Mace y sus malditos vasallos… ¿dónde estarán las tropas de mi hermano?”, se pregunta el rey.

El sonido de unos pasos acelerados interrumpe sus pensamientos. El Señor de las Tierras de la Tormenta entrecierra sus ojos mientras espera que el soldado recobre el aliento.

- ¿Qué sucede, soldado, a qué viene tanta premura?
- Mi rey… alguien ha conseguido romper el bloqueo.
- Repite eso, ¿qué ha pasado?
- Señor, al parecer, un barco ha logrado burlar la flota Redwyne esta misma noche y ha alcanzado uno de los túneles inferiores de la fortaleza.
- Alabados sean los dioses, ¡por fin ha llegado mi hermano!
- Perdón, mi rey, pero no se trata de su hermano… ha llegado un barco negro de velas negras y no lucía blasón alguno.
- Entonces… ¿quién demonios es?
- Davos Seaworth, el capitán de la Betha Negra… un… un contrabandista.
- ¿Un contrabandista? Curioso salvador nos envía la Fe. Llévame con él, no hay tiempo que perder.
- Disculpad, mi rey, una cosa más. El barco transporta un cargamento de pescado en salazón y cebollas.
- Cebollas… ardo en deseos de conocer a ese tal Davos. ¡Vamos!


El Caballero de la Cebolla

¿Quieres leer más relatos?
- El Rey Dragón

LA OFRENDA - El Pasajero

“LA OFRENDA”




Oscureció. Las nubes escondieron a la luna. Una inmaculada capa de nieve cubría el calvero del bosque encantado donde se realizaría la ofrenda.

Con paso lento, inseguro, tambaleante, nervioso, recogido, Craster se alzó la capucha de su maltrecho abrigo. Todavía podía oír a los lejos los lamentos y sollozos de Mair. Pronto remitieron. El silencio empezó a ser ensordecedor. Sólo sus suaves pisadas y el leve susurrar del viento entre las ramas vacías de los árboles rompían la quietud del bosque. El candil con el que alumbraba su caminar daba algo de luz a la ya noche cerrada.

Se acercó al calvero. Se asomó. De repente, oyó el raspado de una cuchilla de cristal contra la corteza de un árbol. Se estremeció. Sintió frío. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando divisó, frente a él, dos motas de color azul entre los copos de nieve que empezaban a caer. Pronto, serían más.

Los Otros tenían en Craster a un aliado. Éste, más allá de conducir a los vigilantes del Muro hacía ellos, debía, a la vez, sacrificar a sus hijos varones y entregarlos, con vida, a los Caminantes Blancos para que estos pudieran alimentar a sus Wights. El problema es que hoy, el recién nacido no había sobrevivido.

Avanzó y depositó el cadáver del bebé en el centro del calvero. Antes de verse rodeado de Wights, giró sobre sí mismo y sin echar la vista atrás, volvió sobre sus pasos, esta vez más ligero. Al instante, sin haber llegado al límite del bosque, oyó, horrorizado, como el cuerpo sin vida que había dejado atrás era despedazado. Los espeluznantes alaridos de los Wights se le clavaron en el alma. Los miembros del cuerpo descuartizado fueron lanzados en diferentes direcciones con una fuerza descomunal, golpeando uno de ellos contra su espalda. Rompió a correr.


El Pasajero  


¿Quieres leer más relatos?
- El Rey Dragón
Adiós

ANTIGUOS

Sobrevolábamos el estrecho de McMurdo en el Polo Sur con la intención de intentar aterrizar en las proximidades del Monte Erebus y acometer su ascensión. Un desierto de hielo y nieve interminable, una región primordial y virgen, casi ajena a la existencia y devenir de la humanidad, iba a ser nuestro hogar durante cuatro fríos y largos meses.

El vuelo estaba siendo tranquilo, incluso los perros parecían bastante calmados y el ambiente entre los compañeros de expedición era distendido. La ilusión de llevar a cabo una expedición científica en la Antártida podía más que todas las penurias que nos aguardaban. Los motores del Bonet Steel Wings rugían y petardeaban a plena potencia mientras nos adentrábamos en la Isla de Ross: la imponente silueta del Erebus dominaba el horizonte.

Miraba por una de las ventanillas distraído, con una sonrisa dibujada en los labios, exultante por saberme parte de la expedición cuando, por el rabillo del ojo, me pareció ver que algo sobrevolaba el ala del avión, pero enseguida pensé que debía tratarse de un efecto óptico. Miré al resto, todo el mundo seguía removiendo sus pertrechos o conversando relajadamente, así que volví a mirar por la ventanilla y, de pronto, un blanco sobrecogedor dominó el paisaje. Había oído hablar de ese efecto, la “blancura total”, cuando se pierde la definición entre el horizonte y la tierra a causa del blanco de las nubes y de la nieve, pero no pude evitar un amago de pánico: ¡Ya no se veía el Erebus, ya no se veía absolutamente nada!

El avión comenzó a sacudirse y sus motores a ahogarse, sonaban entrecortados, los perros empezaron a ladrar y a aullar, las latas de víveres rodaban por el suelo y algunas mochilas y cajas cayeron de los estantes. Me agarré con fuerza a los arneses, intentando ver algo a través del cristal y de nuevo me pareció ver algo volando por debajo de nosotros… la sombra de una especie de toneles cilíndricos alados, con extremidades semejantes a brazos y cabezas en forma de estrella. Pegué mi cara a la ventanilla tratando de adivinar si era real o era fruto de mi asustada imaginación, pero llegué a contar hasta cinco cosas como aquellas volando en dirección al Erebus.

BYAKHEES


Aquella condenada noche llovía a mares. Circulábamos a toda velocidad por las calles del Soho intentando dejar atrás a nuestros perseguidores. Acabábamos de recuperar el preciado y temido Unaussprechlichen Kulten de las manos de unos adoradores de Hastur, desbaratando sus planes, pero nos pisaban los talones y el motor de nuestro Packard Le Baron rugía incluso por encima de la tormenta.

Mientras las balas silbaban próximas, aunque afortunadamente sin alcanzarnos, echaba un vistazo rápido al grimorio de Friedrich Wilhelm Von Juntz y a su inquietante aspecto encuadernado en un cuero ya cuarteado por el tiempo que permanecía sujeto gracias a unos herrumbrosos remaches metálicos. El objetivo de nuestra misión era evitar que cayera en malas manos y devolverlo intacto a la Universidad de Miskatonic para que el profesor Armitage lo depositara a buen recaudo en la sala arcana de la Biblioteca Orne.

Aquel extraño libro de Von Juntz se publicó en Düsseldorf hacia el año 1839, después de que su autor recorriera zonas remotas de Asia, África, América y Europa; fruto de aquellos viajes y de las enigmáticas personas que conoció por el camino, vio la luz uno de los libros más codiciados por nigromantes, sociedades secretas y sectas. De todos modos, la extraña muerte de Von Juntz y el posterior suicidio de su colega francés, Alexis Ladeau, marcaron al Unaussprechlichen Kulten como un libro maldito y la práctica totalidad de sus copias fueron quemadas o destruidas. Evidentemente, si quedaba algún ejemplar intacto, Miskatonic lo quería.

Por lo gestos de Coolstone, interpreté que nuestros perseguidores estaban cada vez más lejos, así que guiñé un ojo a mi compañero y agradecí su habilidad al volante. Asentí satisfecho, pensando en el whisky que iba a tomarme en cuanto llegáramos a la oficina que habíamos improvisado en un viejo almacén abandonado del puerto, pero entonces… una sombra enorme sobrevoló el coche o eso me pareció porque saqué la cabeza por la ventanilla y no vi nada.

Entonces miré hacia atrás y pude comprobar que, efectivamente, estábamos perdiendo a los sectarios porque la luz de los faros de sus vehículos apenas era ya perceptible a través de la cortina de agua. Respiré tranquilo y le di un golpecito en el hombro a Coolstone, que sonrió al volante, pero la alegría duró un breve instante porque algo pesado cayó sobre el techo, abollándolo ostensiblemente y provocando que mi compañero estuviera a punto de perder el control del Packard. El coche zigzagueó sobre el asfalto mojado y nos llevamos por delante algún cubo de basura y un buen susto, pero nada más que lamentar.

Sin tiempo para preguntarnos qué demonios había sido aquello, otra sombra aterrizó sobre el morro del Packard con un graznido sobrecogedor. Agazapado, con sus garras clavándose en el metal del capó y con las alas extendidas, desafió el sano juicio –si es que quedaba algo de él– de nuestros pobres cerebros. Enseguida lo entendí: no habíamos dejado atrás a los sectarios, simplemente habían optado por mandarnos a la caballería para recuperar el maldito libro. 

Mientras la criatura que había decidido anidar en nuestro techo empezaba a repartir golpes con la poca amistosa intención de ofrecernos algo de ventilación, su hermano, bien sujeto a la carrocería, volvió a graznar victorioso para reclamar nuestra atención. La lluvia daba un aspecto resbaladizo a su piel oscura, pero no era la primera vez que tropezábamos con aquellos macabros seres alados mezcla de hormiga peluda, avispa y demonio. Allí estaba, observándonos con ojos vacíos y una boca abierta con, para mi gusto, demasiados dientes.

Mientras desenfundaba el Colt pensé que, si aquellos fanáticos malnacidos no habían podido recuperar el libro, unos feos byakhees tampoco lo harían.


Si te has quedado con ganas de más, visita la sección: Relatos cthuleros