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viernes, 1 de marzo de 2013

ANTIGUOS

Sobrevolábamos el estrecho de McMurdo en el Polo Sur con la intención de intentar aterrizar en las proximidades del Monte Erebus y acometer su ascensión. Un desierto de hielo y nieve interminable, una región primordial y virgen, casi ajena a la existencia y devenir de la humanidad, iba a ser nuestro hogar durante cuatro fríos y largos meses.

El vuelo estaba siendo tranquilo, incluso los perros parecían bastante calmados y el ambiente entre los compañeros de expedición era distendido. La ilusión de llevar a cabo una expedición científica en la Antártida podía más que todas las penurias que nos aguardaban. Los motores del Bonet Steel Wings rugían y petardeaban a plena potencia mientras nos adentrábamos en la Isla de Ross: la imponente silueta del Erebus dominaba el horizonte.

Miraba por una de las ventanillas distraído, con una sonrisa dibujada en los labios, exultante por saberme parte de la expedición cuando, por el rabillo del ojo, me pareció ver que algo sobrevolaba el ala del avión, pero enseguida pensé que debía tratarse de un efecto óptico. Miré al resto, todo el mundo seguía removiendo sus pertrechos o conversando relajadamente, así que volví a mirar por la ventanilla y, de pronto, un blanco sobrecogedor dominó el paisaje. Había oído hablar de ese efecto, la “blancura total”, cuando se pierde la definición entre el horizonte y la tierra a causa del blanco de las nubes y de la nieve, pero no pude evitar un amago de pánico: ¡Ya no se veía el Erebus, ya no se veía absolutamente nada!

El avión comenzó a sacudirse y sus motores a ahogarse, sonaban entrecortados, los perros empezaron a ladrar y a aullar, las latas de víveres rodaban por el suelo y algunas mochilas y cajas cayeron de los estantes. Me agarré con fuerza a los arneses, intentando ver algo a través del cristal y de nuevo me pareció ver algo volando por debajo de nosotros… la sombra de una especie de toneles cilíndricos alados, con extremidades semejantes a brazos y cabezas en forma de estrella. Pegué mi cara a la ventanilla tratando de adivinar si era real o era fruto de mi asustada imaginación, pero llegué a contar hasta cinco cosas como aquellas volando en dirección al Erebus.

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