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viernes, 1 de marzo de 2013

POR EL REY EN EL NORTE! - Guardián de la Noche

"POR EL REY EN EL NORTE!"




Y allí estaba el formidable Gran Jon Umber, blandiendo su espada con una fuerza descomunal. Un fiero gigante de casi siete pies abriéndose paso en el corazón de la batalla. En su avance, iba dejando tras de sí un camino salpicado de sangre, camino que los demás nos apresurábamos a asegurar, guardándole las espaldas y empujando con él para aplastar a los perros de presa de los Lannister.

El campo de batalla siempre termina sembrando de cadáveres el paisaje para que la Muerte recoja su macabra cosecha. Esta vez tampoco va a ser distinto.

Jon Unmber grita, más bien ruge, alentándonos para seguir avanzando en un terreno cada vez más blando y resbaladizo por culpa de la lluvia, el sudor y la sangre. Puedo escuchar su voz por encima de los latidos de mi corazón desbocado, por encima de los gritos y alaridos de los soldados, por encima de la melodía que emite el entrechocar del acero y el quebrar de los escudos de madera… Ahora entiendo porqué le llaman Gran Jon y su reputación manejando el acero.

Aprieto los dientes y saco fuerzas de flaqueza para olvidar el dolor lacerante en el antebrazo y el fuego que hace arder mis pulmones. Vuelvo a embestir. Una lanza se engancha en mi jubón, llevándose consigo ropa, pero sin cortar la piel. Intento desengancharme y pierdo de vista a mi oponente. Un golpe en la sien. Me tiemblan las piernas y alrededor todo empieza a moverse lentamente, amortiguando los sonidos. Mis ojos lo ven todo rojo y me llevo instintivamente la mano a la sien. Sangro.

- ¡Vamos! - una mano enorme me coge del brazo y tira de mi - Ya casi los tenemos, un último esfuerzo, hijo. ¡Esos bastardos van a probar de qué estamos hechos en el Norte!
Es la mano Jon Umber. Como puedo, me incorporo del todo, maldiciendo cada centímetro de mi magullado cuerpo. Vuelvo a aferrar la espada, sintiendo su tacto familiar y su peso reconfortante.
- ¿Estás preparado, muchacho? - Jon Umber me mira, sonríe y me guiña el ojo.
- No ha sido nada, sólo un rasguño - digo recolocando mi escudo.
- Bien, así me gusta - me da un golpecito en el hombro - Los hombres de Lord Karstark han abierto brecha por el flanco izquierdo y debemos aprovechar la ocasión para acabar con esos hijos de mala madre.
- ¡Será un honor cargar a su lado, Gran Jon! 
- El honor es mío… dicen que un Lannister siempre paga sus deudas, ¿no? Pues yo pienso saldarlas todas hoy mismo con esa maldita familia: ¡por el Rey en el Norte!

Mis piernas se mueven e inicio la carrera, el aire se agolpa en mis pulmones y grito sacando toda la rabia acumulada. Grito cualquier barbaridad que me viene a la cabeza, uniéndome al resto de hermanos que, como yo, seguimos al Gran Jon Umber. Las tropas de los Lannister se giran y nos miran como si estuviéramos locos, en algunos comienza a dibujarse el miedo, dudan, esperan órdenes. Hemos logrado sembrar la confusión.

Vuelvo a gritar, como todos los demás, una carga enloquecida para penetrar por la brecha que nos han concedido los Kastark, un último impulso a mis piernas y salto entre los soldados: - ¡Por el Rey en el Norte!


El Guardián de la Noche


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EL EJÉRCITO DE TYRION - La Mano del Rey

"EL EJÉRCITO DE TYRION"




El camino transcurría plácidamente flanqueado a ambos lados por altos pinos, como soldados en perfecta formación. Era un bosque interminable, tupido como una alfombra en la que los árboles peleaban por cubrir cada pulgada de terreno.

Tyrion Lannister, el Mediohombre, contemplaba distraído el monótono paisaje a lomos de su caballo, absorto en sus pensamientos y gozando de un momento de paz. A pesar del frío, casi era capaz de olvidar que tras él cabalgaban un buen número de hombres y mujeres pertenecientes a los clanes de la montaña, hombres y mujeres que primero matarían y después preguntarían.

Se giró un momento, echando la vista atrás, y topó con la penetrante y fría mirada de Shagga, jefe de los Grajos de Piedra. También pudo ver a la “encantadora” Chella, que comandaba a los Orejas Negras, y cerca de ella cabalgaba Timett, el líder de los Hombres Quemados.

No sabía cuál de ellos le daba más miedo, si el gigantón, la coleccionista de orejas o el tarado de un solo ojo. Después de haber tenido el placer de conocerlos en las Montañas de la Luna, había tenido que exprimir su inteligencia e ingenio para convencerlos y ganarse su apoyo.

- Mi padre se va a poner muy contento. Oh, sí, contento de veras, casi me lo imagino dando saltitos de alegría - dijo Tyrion volviendo la vista al frente.
- No creo que tu padre comparta tu visión - replicó Bronn.
- Su amado y añorado hijo acompañado de un lustroso y disciplinado ejército de salvajes. ¿Qué te parece?
-  Menos es nada - dijo el mercenario.
- Tienes razón. Aunque no sé hasta qué punto su lealtad resulte fiable, por lo menos saben manejar el acero y son excelentes jinetes. Lo único que espero es que no se despedacen entre ellos antes de llegar a las Tierras de los Ríos, tienen tanta fuerza y tanta inteligencia como un toro - se resignó Tyrion.

Bronn no dijo nada más, curiosamente no hizo gala se su sarcástico sentido del humor y se sumió en el silencio. Tal vez estuviera cansado, llevaban varias jornadas a caballo y el frío tampoco ayudaba a levantar el ánimo. Quizá los dioses tuvieran ganas de divertirse o fuera puro azar, pero por si el gélido clima no fuera suficiente, empezó a caer una fina lluvia que amenazaba con arreciar. Tyrion maldijo contrariado.

- Sabes una cosa Bronn, tengo el culo dolorido. Echo de menos una cama de verdad, una mujer fogosa y un buen trago de vino de El Rejo - dijo mientras se cubría con la capucha.
- Pues espero que tu excelso padre haya pensado en eso y lleve consigo unas cuantas putas y barriles de ese vino tan exquisito - por un momento le brillaron los ojos.
-  Ja, ja, seguro, ¡Lord Tywin es muy detallista! El Viejo León nos recibirá entre vítores y con alfombra roja - sonrío Tyrion - Date por satisfecho si podemos llevarnos al gaznate un pichel de cerveza desbravada y un pedazo de carne seca.

La lluvia se tornó cada vez más molesta, repiqueteando insistentemente sobre su capucha y su capa, empapando su espalda y colándose por sus botas. Dios, cómo añoraba un baño caliente y un catre bien mullido.


La Mano del Rey


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