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martes, 6 de junio de 2023

SERVIDOR DE OTROS DIOSES


Tenía la obsesiva sensación de que la interminable gruta que recorríamos se iba estrechando a cada paso que dábamos. Llevábamos una eternidad descendiendo, cada vez más y más profundo, como queriendo alcanzar el centro de la Tierra. El ambiente era sofocante, nada recomendable para alguien que padeciera de claustrofobia, y la humedad lo invadía absolutamente todo; el sudor resbalaba por mi nariz, dejando caer gotas sobre el cañón de la escopeta del 12.

Caminábamos alerta y en silencio, escuchando solamente el sonido de las pisadas de nuestras botas sobre un suelo cubierto de arena y desgastadas piedras. De vez en cuando deteníamos nuestro avance para tratar de encontrar algún rastro o escuchar algún sonido, pero yo solamente era capaz de oír mi propia respiración y de notar que el corazón estaba haciendo todo lo posible por reventar mi pecho y salir huyendo.

Por fin, después de muchos metros recorridos por las entrañas de aquella caverna atemporal, divisamos un fulgor titilante a lo lejos. A la señal del capitán Lancaster, nos movimos con todo el sigilo que pudimos reunir y nos acercamos a lo que parecía ser el final del túnel, comprobando que aquel resplandor iba ganando intensidad conforme avanzábamos. Probablemente la luz procedería de alguna hoguera o de antorchas clavadas en las toscas paredes de piedra, pero, a medida que nos aproximábamos, algo más se sumó a la creciente claridad y empezamos a percibir una especie de música siniestra. Sí, por encima del denso silencio podía escucharse claramente una enfermiza melodía que parecía emitir una flauta demoníaca.

Avanzamos despacio y sin hacer ruido hasta la abertura, sin duda estábamos llegando a nuestro destino, pero ninguno de nosotros estaba preparado para encontrarse con lo que aguardaba al otro lado.

Lo que vimos fue horroroso, pero entonces recordé que no era la primera vez que presenciaba cómo algunos hombres y mujeres se dejaban arrastrar por la locura hasta límites insospechados: unas cincuenta personas danzaban semidesnudas de manera grotesca, como poseídas, aullando alrededor de una gran hoguera que chisporroteaba con un color verduzco del todo innatural. Y justo en el corazón de aquel extraño fuego se erigía en un altar descomunal de piedra oscurecida por el humo de incontables ceremonias, aunque, lo peor de todo estaba situado sobre él…

Un grupo de niños asustados, colocados deliberadamente en círculo, yacía encima del altar con ojos llorosos y en el centro de aquel círculo macabro se contorsionaba una extraña criatura achaparrada que tocaba la flauta de un modo repugnante… era unos de los servidores de Azathoth, el Sultán del Caos. Aquel ser amorfo y tentacular era el compositor y artífice de la abominable sinfonía que estaba llegando a su éxtasis, mezclándose con los llantos de las criaturas y los enloquecidos coros de los adoradores.

Era ahora o nunca.


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miércoles, 26 de octubre de 2022

SHUDDE-M'ELL


A inicios del siglo XX, el británico Sir Howard Windrop había encontrado unas extrañas tablillas en el norte del continente africano. Animado por el hallazgo, comenzó a trabajar en una traducción parcial en 1912, pero fue su colega Sir Amery Wendy-Smith el que realizaría la traducción completa de los “Fragmentos de G’Harne” siete años después.
 
El extraño libro hablaba de G’Harne, una ciudad perdida que había sido erigida en el Triásico por una raza llamada los Antiguos… una auténtica locura teniendo en cuenta que, por aquel entonces, la Tierra estaba habitada por poco más que reptiles. Aquella increíble e inverosímil teoría no había detenido a Sir Wendy-Smith y, ávido de aventuras, había decidido organizar y dirigir una expedición para localizar la ciudad en el año 1919; lamentablemente, la búsqueda terminó de forma trágica.
 
A pesar de que no hubo supervivientes, la rumorología afirmaba que aquellos hombres habían visto G’Harne con sus propios ojos y, como suele ocurrir, los rumores dieron paso a la leyenda: la ciudad existía, aunque esta se hubiera convertido ahora en un lugar en ruinas y repleto de madrigueras y grutas subterráneas, al parecer, gobernada por un ser monstruoso bautizado como Shudde-M’ell, el padre de los gusanos.
 
Así, guiados por las explicaciones y rudimentarios mapas que aparecía en las páginas de los “Fragmentos de G’Harne”, llevábamos meses recorriendo las regiones desérticas del norte de África en busca de la misteriosa ciudad escondida. Nuestra expedición parecía condenada a un final similar a la de Sir Wendy-Smith cuando, después de alcanzar la zona del Sáhara a su paso por Egipto, empezamos a sentir unos leves temblores durante las noches.
 
Cada vez que acampábamos, al llegar la madrugada, la arena parecía cobrar vida y moverse, como si algo gigantesco se deslizara por las profundidades del desierto. Varios de los bereberes que nos acompañaban como guías e intérpretes se mostraban preocupados y alguno de ellos mencionaba a una criatura primigenia maligna con aspecto de gusano gigante, ¿se referían a Shudde-M’ell aquellos hombres? No hacíamos excesivo caso a tales historias, pero finalmente, después de levantar el campamento base en el oasis de Siwa, los temores infundados resultaron ser terriblemente ciertos.
 
La tercera noche en Siwa empezó de manera extraña, con un silencio sepulcral e inquietante. De pronto, cesó la brisa, la atmósfera se enrareció y el ambiente se tornó denso. Costaba incluso respirar. Se me taparon los oídos, como cuando uno sufre un cambio de presión repentino, y sentí un dolor en el pecho que no era normal, como si el aire pesara y me incrustara en suelo. Mi corazón martilleaba desbocado, palpitando en mis oídos con la fuerza de un tambor de guerra, comiéndose el silencio absoluto y antinatural que lo colmaba todo.
 
De repente, el suelo se sacudió, la arena empezó a moverse y se escuchó un interminable crujido, una especie de lamento sobrenatural que parecía emanar de las entrañas de la tierra. Paró, por un momento dio la sensación de que iba a cesar el terremoto, pero no… fue el principio del fin porque el suelo volvió a temblar y esta vez lo hizo como si el mundo se estuviera desmoronando a pedazos, como si el corazón de la Tierra estuviese a punto de estallar: ¿qué demonios estaba sucediendo?
 
Y entonces, ruido. Ruido como si una colosal manada de búfalos desbandados se acercara y devastara todo a su paso. Y luego estaba aquella especie de sonido infernal, mezcla de aullido y aire aspirado. Todo mi cuerpo temblaba y no solamente de miedo, había palmeras que comenzaban a partirse por la mitad como cerillas, rocas que se desprendían y estallaban en mil pedazos, grietas inmensas que se abrían paso en la arena del desierto engullendo todo lo que encontraban en su camino… algo colosal estaba socavando las profundidades.
 
Mis compañeros estaban pálidos porque sabían, tan bien como yo, que no estábamos preparados para lo que pretendía emerger del más oscuro abismo de los infiernos.


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miércoles, 20 de julio de 2022

VAGABUNDO DIMENSIONAL

En esta ocasión nos encontrábamos serpenteando por un espeso bosque de abetos milenarios, tan caprichosamente dispuestos y apretados entre sí que nos obligaban a avanzar en fila india… tenía la extraña sensación de que nos hacían caminar justo por donde ellos querían. El búnker de la Orden del Crepúsculo de Plata, supuestamente, esperaba al final de aquella maraña interminable de árboles.

Aunque el día había amanecido fresco, a medida que nos habíamos ido adentrando en aquel bosque, el aire que respirábamos se había ido tornando cada vez más espeso y húmedo, dejando la inquietante sensación de que se te pegaba a la piel. A su vez, el silencio era sepulcral, solamente roto por el constante roce de las agujas de los abetos en nuestras ropas y por la vegetación en descomposición que íbamos pisando.

Miraba nervioso a todas partes, algo no encajaba y me olía mal. No se escuchaba ningún animal o insecto y una perturbadora tranquilidad se había adueñado de todo; el bosque parecía estar muerto, como conteniendo el aliento. Los gestos de mis compañeros, tensos y empapados de humedad, decían que no era el único que estaba preocupado. Algo nos acechaba desde hacía un buen puñado de minutos, pero éramos incapaces de saber qué.

Y de pronto sucedió. Escuché un grito ahogado a mi espalda y, cuando me giré, apenas tuve tiempo de verlo. Un horrendo ser aparecido de la nada, de enormes fauces hambrientas y rostro terroríficamente inexpresivo, había abrazado a Cahill. Nuestro compañero forcejeaba por soltarse, pero sus esfuerzos eran del todo inútiles porque la criatura apretó aún más su demoníaco abrazo, clavando sus garras en la mortal carne de Cahill.

No tuve tiempo de abrir fuego, cuando apunté, el monstruo se había desvanecido. Tal y como había llegado, silencioso y mortal, el Vagabundo se había marchado a otra dimensión con su presa…


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martes, 28 de junio de 2022

HOMBRES DE LAS NIEVES


Nos hallábamos en el Nanda Devi, en la cordillera del Himalaya. La expedición de Judas A. Pennyworth y Bill Seven pretendía coronar su cima, atacándola a través del desfiladero Rishi… 7.816 metros de hielo, roca y nieve. Aunque estábamos en pleno mes de agosto, el día había amanecido bajo una persistente tormenta de aguanieve que, combinada con un cortante viento, impedía ver con claridad. Más allá de los 3 metros era imposible distinguir nada, así que nos tocaría avanzar despacio para no perder las referencias.

El clima había cambiado repentinamente, como si la naturaleza quisiera evitar que la raza humana conquistara otro territorio virgen. La noche había sido tranquila, pero antes de la salida del sol, unas ráfagas de viento ululante habían colmado el sepulcral silencio de aquel colosal macizo. Tal vez fuera el mal de las alturas, pero tenía la sensación de que el viento hablaba en susurros, lanzando advertencias. Y no era el único; los sherpas también estaban visiblemente nerviosos y habían recomendado que diéramos media vuelta, explicando historias sobre los rákshasa, unas criaturas demoníacas mitológicas.

De todos modos, Pennyworth y Seven estaban tan ansiosos por coronar la cima que hicieron caso omiso de las supersticiones locales. Y entonces, mientras estábamos recogiendo las tiendas y el resto de pertrechos, los peores temores se hicieron realidad cuando una sombra blanca pareció moverse en mitad de la tormenta. Entrecerré los ojos para tratar de ver algo y me pareció distinguir tres enormes siluetas de andar simiesco que se estaban aproximando a nuestro campamento. Los sherpas salieron corriendo y por un instante me quedé petrificado ante lo que estaba viendo; ¿hombres prehistóricos que habían sobrevivido a la glaciación?, ¿grandes primates en el Himalaya?... ¿qué diablos eran aquellos seres?

De pronto, un coro de gritos profundos y guturales hendió el aire y se me heló la sangre en las venas. El terror de algo primigenio se apoderó de mí y eché a correr detrás de los sherpas con la mochila a medio cargar, sin mirar atrás, pero presintiendo que aquellas pesadillas blancas como la nieve se acercaban cada vez más… 


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miércoles, 8 de junio de 2022

TSATHOGGUA


Atravesábamos aquella marisma interminable como podíamos, las algas putrefactas se enganchaban a la ropa, desmenuzándose a nuestro paso. El olor pegajoso del agua estancada era penetrante y lo impregnaba todo, por no mencionar a los pesados mosquitos que llevaban un buen rato dándose un banquete con nuestra sangre.

Aquel acuoso infierno estaba situado en los Everglades, cerca de Okeechobee. Habíamos llegado hasta allí debido a la inexplicable aparición de un buen número de reses destripadas y drenadas, como si hubieran sorbido hasta la última gota de sus fluidos corporales.

La población estaba aterrorizada y se encerraba en sus casas, convencida de que una plaga de cocodrilos asesinos era la responsable de aquella carnicería, pero si sabías dónde y a quién preguntar, la explicación resultaba más compleja e inquietante. Los más viejos del lugar contaban cosas extrañas sobre sombras húmedas e informes que recorrían los manglares más oscuros y recónditos, y también mencionaban el incesante croar que resonaba algunas noches, como si toda la zona estuviera infestada de ranas y sapos que compusieran una fétida canción de muerte.

Las linternas apenas daban suficiente luz y el agua parecía negra como la brea, pero estaban allí, delatándose por culpa de un olor aún más corrompido que el de aquella charca del demonio. El enfermizo canto de montones de sapos retumbaba en la noche, anunciando nuestra llegada... sin duda estábamos muy cerca del maldito santuario de aquel batracio primigenio. Varios ojos hambrientos acechaban desde la orilla, ocultos entre los mortecinos nenúfares, pero traíamos plomo y fuego para cenar.


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viernes, 3 de junio de 2022

ZOMBIES


A las afueras de París, en la hermosa localidad de Villenes-sur-Seine, devorada por el paso del tiempo y oculta por la maleza, se erguía la mansión barroca Gassó-Fleury... o lo que quedaba de ella. Construida a finales del siglo XVII, había vivido tiempos de gran esplendor hasta la Révolution de 1789 limpió Francia de privilegios absolutistas y sus propietarios se vieron obligados a abandonar el país cuando el invento del doctor Guillotin empezó a causar auténtico furor.

Villenes-sur-Seine había sido un lugar tranquilo, el típico pueblo dedicado a la agricultura y la ganadería que el río Sena recorría de manera apacible. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la mayoría de habitantes de las desperdigadas granjas con las que habíamos topado por el camino había abandonado el lugar y los pocos lugareños que aún resistían allí, llevaban meses atemorizados y encerrados en sus casas, rezando por una salvación que parecía no llegar.

Una enfermedad desconocida, aseguraban unos; castigo divino, comentaban otros; la maldición de los Gassó-Fleury, decían algunos… fuera lo que fuese, todos coincidían a la hora de afirmar que, a medida que la noche iba oscureciendo el paisaje y sumiendo el pueblo en las sombras, unas deformes criaturas grotescas se lanzaban en busca de carne fresca, bien fuera ganado o desprevenidos humanos.

La Universidad de Miskatonic, siempre al acecho de rarezas y de casos extraordinarios, había decidido que valía la pena indagar un poco el terreno y averiguar qué demonios estaba pasando en Villenes-sur-Seine. Habían encontrado unas cuantas noticias antiguas que mencionaban a los Gassó-Fleury y el nombre de esa familia aparecía vinculado a unas prácticas un tanto inquietantes relacionadas con la vida después de la muerte. Precisamente por eso nos encontrábamos en la desvencijada cocina de la mansión Gassó-Fleury, dispuestos a abrir la trampilla que daba acceso al sótano. Equipados con cascos mineros, el objetivo era descender en busca del nido de aquel horror hambriento: un supuesto laboratorio clandestino.

La trampilla, quejumbrosa por el óxido acumulado en sus bisagras, cedió con esfuerzo y la bocanada de aire corrompido que nos sacudió fue espantosa. Casi como una sustancia pegajosa, el hedor enseguida impregnó el ambiente, haciéndolo denso e irrespirable. Nos atamos unos pañuelos para proteger la nariz y la boca de aquel olor nauseabundo e iluminamos: solamente había tierra y más tierra que parecía hundirse en las profundidades hasta donde alcanzaba el haz de luz, revelando el inicio de una gruta.

Después de afianzar unas cuerdas, descendimos por el hueco de la trampilla. Cabíamos en fila de a dos, así que cargamos las escopetas del 12, nos miramos a los ojos en silencio y asentimos con las cabezas antes de echarnos a andar. Solamente llevábamos recorridos una docena de metros cuando el sonido ininteligible de unas voces nos llegó, una mezcla de gritos delirantes, aullidos famélicos y sollozos plañideros que no auguraban nada bueno… y, de pronto, un rostro cadavérico surgió de la oscuridad con la boca abierta, dispuesto a morder. El fogonazo de la escopeta del 12 de mi camarada iluminó el túnel un instante y colmó el aire con el familiar aroma de la pólvora.

Entonces llegó el silencio, pero duró solo un parpadeo. Una horda de muertos vivientes avanzaba torpemente hacia nosotros, un amasijo de carne podrida a través de la que asomaban huesos y tendones se agolpaba desesperada por alcanzarnos. Abrimos fuego a discreción contra aquel cementerio andante y volaron por los aires pedazos de carne pútrida. Caían como moscas, pero algunos seguían moviéndose a pesar de haberles reventado piernas y brazos.

Recargamos, maldijimos, apretamos los dientes y volvimos a disparar, una y otra vez, una y otra vez… debíamos abrirnos paso como fuera hasta el epicentro de aquella perversión.


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martes, 24 de mayo de 2022

GÁRGOLAS

El conde Leonard Bonet nos había mandado a estas inhóspitas tierras de Lastours, cerca de Carcassone. Al parecer, el buen conde no podía alojarse en su castillo porque unas molestas criaturas tenían aterrorizado al servicio y, además, habían desparecido varios carneros y gallinas. Al principio pensaron que eran lobos hambrientos, tal vez incluso águilas, pero también existía otra explicación más pintoresca, una que no versaba sobre criaturas normales y corrientes. Los lugareños decían que el castillo de Lastours era un lugar maldito que, desde el principio de los tiempos, había estado habitado por gárgolas y que esas criaturas eran las culpables de sembrar el pánico y robar el sueño a los aldeanos, además de, por supuesto, ser responsables del robo de animales.

En otros tiempos, imagino, la versión de los aldeanos sería solamente fruto de las supercherías populares, antiguos mitos contados al abrigo de un buen fuego, leyendas de esas que son transmitidas de generación en generación. Tal vez, claro, al fin y al cabo, siempre han existido en el folklore regional numerosas historias sobre criaturas fantásticas y monstruos de la noche. Por eso, por si las moscas, el conde nos había enviado a Lastours para investigar aquel turbio asunto.

El motor de 6 cilindros del Chevrolet Suburban del 37 rugía por la carretera que conducía hasta los dominios del conde Bonet y, después de un buen rato serpenteando por una sinuosa carretera ascendente, la oscura silueta del castillo se recortó en un cielo iluminado por una gran luna, regalándonos una inquietante postal. Observé a mis hombres a través del retrovisor; un par de curtidos mercenarios, un francotirador licenciado y algún que otro bribón ganado para la causa. Todos ellos leales, valientes y con mucha guerra en sus numerosas cicatrices. Luego volví la vista al cielo y las vi, sobrevolando los torreones del castillo como buitres esperando la carroña, siniestras y obscenas…

Dejamos el coche a pocos metros de la entrada principal del viejo castillo. Nada más bajar del vehículo, mientras nuestro francotirador se perdía en la oscura espesura del bosque, desenfundamos las armas, comprobamos los cargadores y quitamos los seguros. Una última sonrisa y algunos guiños fruto de la camaradería de años de batallas, aventuras y alguna que otra juerga. Había llegado la hora y La Parca no era una dama a la que conviniera hacer esperar.

Iniciamos la incursión. Buscamos las sombras que proyectaban los árboles, tratamos de movernos sigilosos, pero esas criaturas habían dominado estas tierras desde hacía siglos y nada escapaba a su aguda visión ancestral. Rodilla al suelo, confiando que el fusil de Solverson pudiera cubrirnos desde la distancia, apuntamos al oscuro cielo a la espera de que aparecieran… y aparecieron. Entonces mis camaradas comenzaron a gritar, a maldecir y a pronunciar palabras que hubieran hecho enrojecer al mismísimo Satanás.

Por un instante, la luz de luna, pálida y fantasmal, las iluminó perfectamente y pude ver cómo algunas de esas horribles criaturas iniciaban un picado hacia nosotros. Brillaban unos ojos perversos, graznaban temiblemente y mostraban sus fauces, desplegando sus alas… Pequeños demonios alados esculpidos en piedra, guardianes de un castillo maldito; íbamos a comprobar enseguida si realmente eran tan duras: ¡Fuego!


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viernes, 13 de mayo de 2022

MOMIAS


Llevábamos varios días trabajando bajo un sol abrasador en el Valle de los Reyes, mezclados entre los integrantes de la expedición anglo-holandesa “Bonnett-Van More”. La excavación, que había zarpado desde Southampton con el cometido de encontrar la tumba de Tutmosis III, parecía haber conseguido su objetivo después de localizar y desenterrar la supuesta entrada principal al templo. El siguiente paso era abrir el sello y revelar los secretos que escondía el interior de la tumba al cabo de dos días, cuando desde El Cairo llegaran algunos de los más destacados profesores y arqueólogos del momento, además del grueso de la prensa internacional para que el descubrimiento fuera noticia en todo el mundo. Nosotros, por supuesto, teníamos otros planes; echaríamos un vistazo aquella misma noche.

A pesar del éxito aparente de la expedición, lo cierto es que varios trabajadores habían muerto en circunstancias extrañas y otros tantos habían desertado, dejando semivacíos los barracones. Las supersticiones y el miedo empezaban a apoderarse del campamento y eran muchos los que hablaban de maldiciones en forma de escorpiones, serpientes y perros de arena que atacaban por la noche... Personalmente, no creía que Anubis estuviera molesto y nos mandara a sus chacales para hostigarnos, pero sí estaba convencido de que unos cuantos habitantes de las arenas estaban protegiendo algo poderoso y maligno escondido en las entrañas de aquella tumba.

Bien entrada la noche, tras evitar a los somnolientos guardias, llegamos a la entrada principal y descendimos por el túnel con unas pocas antorchas. Humedad, telarañas y murciélagos nos dieron la bienvenida. El pasillo descendía más y más, trayendo consigo una corriente de aire que olía a muerte y hacía danzar las llamas de las antorchas. Llegamos al final del pasillo, dando con la cámara mortuoria; una amplia y lujosa estancia con hileras de columnas y varios sarcófagos, uno de ellos más grande y ornamentado que el resto. Todo hubiera sido normal, de no ser porque los sarcófagos estaban abiertos y vacíos...

Nada más poner el pie en las baldosas bañadas en oro de la cámara, un sonido nos hizo alzar la vista: imponente, sobre su sarcófago, la momia de Tutmosis III se erguía y nos señalaba amenazadoramente con el dedo. De pronto, a un grito suyo, cuatro momias ataviadas con armaduras y sus temibles khopesh salieron de las sombras... carne podrida y huesos envueltos en un lino amarillento, muertos más de un milenio antes de Cristo que volvían a la vida y nos daban la bienvenida.


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martes, 3 de mayo de 2022

WRAITH


Aquel camposanto parecía extraído de un cuento gótico de Edgar Allan Poe; la plateada claridad de una luna gibosa surcada por caprichosos jirones de nubes daba pie a un caprichoso y aterrador baile de sombras. Las herrumbrosas cruces retorcidas por el paso del tiempo y la mala hierba que había crecido descontroladamente, abrazando las lápidas de piedra, parecían cobrar vida en aquel claroscuro cambiante. Incluso los querubines y las vírgenes que decoraban los viejos panteones sonreían siniestramente.
 
Y allí estábamos, en el maldito cementerio Swan Point de Providence, formando parte de la redada que había organizado el sheriff Martin Eddy. Al parecer, alguien se había dedicado las últimas semanas a destrozar diversas esculturas del cementerio y arrancar algunas de sus lápidas, perturbando el descanso eterno de los que la vida había devuelto al barro. Jóvenes, decían las buenas gentes de Providence en busca de culpables; “Sí, seguro que son adolescente idiotizados por el alcohol que, en vez de estudiar, prefieren malgastar sus vidas fumando y bebiendo, ¡qué vergüenza!”, respondía el sheriff.
 
A veces, las personas necesitamos señalar al primer pobre desgraciado que se cruza en el camino para que nuestras conciencias se queden tranquilas, para restarle trascendencia al asunto. Claro que, si solamente se tratara de un grupo de gamberros que pasan el rato en un cementerio bebiendo, la Universidad de Miskatonic no nos habría enviado a Providence a husmear un poco en aquellos hechos.
 
Como esperábamos, no encontramos latas de cerveza ni botellas de whisky barato tiradas por ahí. Y, como también esperábamos, tampoco encontramos rastro alguno de palas ni picos. Nada que indicara que un grupo de jóvenes hubiera decidido venir a divertirse profanando tumbas. Es más, apenas había huellas más allá de las que íbamos dejando nosotros y eso también tachaba de nuestra lista de sospechosos habituales a los entrañables gules. No, esto parecía algo más peligroso y, además, bastante enfadado.
 
Disimuladamente, nos separamos del grupo que formaban el sheriff y su comparsa de agentes y voluntarios para internarnos en las zonas más oscuras y recónditas del cementerio de Swan Point. Íbamos en busca del mausoleo que nos había indicado el profesor Henry Armitage en la universidad y que habíamos localizado durante la batida matinal. Un panteón que hallamos tan reventado y maltratado que ya apenas podía leerse a qué familia pertenecía, aunque todavía era posible intuir el célebre apellido Lovecraft grabado en la fría piedra.
 
La pesada puerta de metálica había sido arrancada como si fuera de madera podrida y en algunas zonas del dintel podían apreciarse unos arañazos capaces de cortar la dura piel de un rinoceronte. Y es que los espectros como el wraith poseen una manera bastante curiosa de marcar su territorio y firmar sus destrozos…
 
La noche sería muy larga, solamente esperaba que todos los que nos íbamos a adentrar en el lóbrego panteón de la familia Lovecraft, consiguiéramos volver a ver la luz del día. Nunca me gustaron los fantasmas y no es cosa de risa enfrentarse a un wraith cabreado.


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martes, 19 de abril de 2022

Y'GOLONAC

Desde la ciudad de Brichester podía contemplarse parte del apacible curso del río Severn. El paisaje era típicamente inglés: una bucólica región enmarcada entre verdes e interminables campiñas rodeadas de suaves colinas. ¿Cómo pensar entonces que un paraje aparentemente idílico, pudiera guardar en sus oscuras entrañas tanta ponzoña? 

Las leyendas decían que, en el valle del Severn, un culto dedicado a Glaaki había ido escribiendo y conservando una serie de manuscritos en los que se recopilaban rituales, profecías, hechizos y conocimientos arcanos. Teóricamente aquel culto había sido erradicado, pero lo cierto es que las “Revelaciones de Glaaki” habían seguido ampliándose en secreto gracias a las contribuciones de diferentes sacerdotes sectarios. Si bien la mayoría de las copias se guardaban en bibliotecas o formaban parte de colecciones de particulares, los últimos volúmenes eran tan blasfemos que se desconocía el paradero de ellos. De hecho, el número XII era uno de aquellos volúmenes perdidos y el principal motivo de nuestro viaje.

Brichester había sido fundada hacía ya muchos años y mantenía un poso de antigüedad casi primigenia que invitaba muy poco a visitarla. Las brumas ascendían desde el estuario del Severn, arrastrándose hasta la ciudad como una humeante masa reptante que lo cubría todo a su paso, confiriendo a las calles una atmósfera etérea y somnolienta. Nos adentramos en Brichester, atravesando viejas casas de estilo victoriano y unos pocos almacenes desvencijados. De vez en cuando, podíamos ver algunos capiteles y el solitario campanario logrando sobresalir fantasmalmente entre la niebla, pero a nosotros nos interesaba más lo que se escondía en las profundidades de la ciudad.

Descendimos por los túneles del alcantarillado y, después de caminar un buen puñado de metros, tuvimos la extraña impresión de que los túneles habían cambiado sustancialmente y que estos, sin duda, tenían que haber sido cavados hacía eones. La sensación opresiva de avanzar por aquellos pasadizos que parecía engullir la tierra no era nada agradable, pero debíamos seguir adelante en busca de nuestro objetivo: encontrar unas ruinas desconocidas y un grotesco muro de ladrillos rojos donde la perversión y la depravación, encerradas, se daban la mano… el dios de la corrupción aguardaba.


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lunes, 11 de abril de 2022

SHOGGOTHS

Nada ni nadie nos había advertido sobre el verdadero peligro que palpitaba en las entrañas de aquella tierra putrefacta. Lo que había empezado como una simple denuncia por la desaparición de algunas cabezas de ganado, estaba convirtiéndose en la peor pesadilla de la policía del Condado de Nantucket, una isla al sur del estado de Massachussets.

Aunque era un territorio tranquilo, las fuerzas de la ley se habían visto desbordadas; la mayoría de ganaderos clamaban justicia contra lo que consideraban un robo masivo de ganado, aunque otros afirmaban que habían visto merodear por la zona manadas de depredadores. De todos modos, ya fueran forajidos o depredadores los que rondaran por allí, el número de reses desaparecidas era demasiado elevado como para que el caso tuviera una explicación lógica y normal. Porque, además, no había rastro alguno de las vacas desaparecidas: ni huesos repelados ni cadáveres pudriéndose… nada, absolutamente nada; por ese motivo nosotros estábamos allí, para tratar de esclarecer el misterio.

Después de varios días de investigación, los posibles indicios apuntaban a una zona próxima a la costa llamada el Acantilado Ululante y lo cierto es que el nombre resultaba de lo más adecuado. Allí, las olas rompían con furia y el viento se colaba a través de grutas, grietas y canales naturales, silbando una infernal y constante melodía ululante que terminaba por sacarte de quicio. Curiosamente, los prados eran verdes, casi vírgenes, quizá porque nadie en su sano juicio osaría llevar a los rebaños a pastar por aquel lugar.

Nos aproximamos a un agujero extraordinario. Su tamaño era considerable, tanto que podríamos haber metido un camión por allí sin problemas. Aunque era de día y el sol brillaba con fuerza, aquella gruta parecía engullir la luz y convertirla en la más oscura de las penumbras. Su negrura sobrecogía, aunque aquello no era lo peor… un eco remoto y primordial se elevaba desde sus profundidades insondables, un extraño sonido que parecía decir “Tekeli-li, tekeli-li, tekeli-li…”.

De pronto, un ligero temblor recorrió el acantilado y nos miramos tan sorprendidos como asustados. ¿Y si el epicentro del temblor procedía de aquel agujero colosal?, ¿y si aquel eco demencial no era producto del viento?, ¿y si la gruta no era solamente fruto de la imparable erosión del viento, sino el infecto cubil de una criatura maligna? No había elección, si el Infierno nos esperaba al final de aquel descenso, entonces, nuestras almas no encontrarían jamás el descanso eterno.


Recuerda que si quieres leer el resto de relatos que voy publicando, puedes hacerlo aquí: Relatos cthuleros

martes, 5 de abril de 2022

GUGS

Mi último recuerdo vívido era el de haber ingerido ayahuasca en aquel poblado shipibo a orillas del Ucayali, el río más importante del Perú. Luego, creo, aparecieron dos sacerdotes que ya no sé si eran reales o una alucinación provocada por las drogas. Lo siguiente que me viene a la cabeza es estar inmerso en una especie de sueño ligero, bajando escalones por una curiosa y hermosa escalinata. No sé qué me impulsa a hacerlo, pero cuento los escalones y, exactamente, son setenta. Entonces, una parte aún despierta de mi mente narcotizada me advierte de algo: estoy entrando en las Tierras del Sueño.

Hacia el final de la escalera, después de atravesar una caverna con una columna en llamas acompañado todavía por los dos sacerdotes, continúo bajando más y más escalones hasta que comienzo a ver la salida a través de un gigantesco roble que hunde sus raíces en el centro del Bosque Encantado.

Una vez allí vuelvo a encontrarme con Andujarsson, el jefe islandés de la expedición, Martinelli, un arqueólogo siciliano, y Morel, el antropólogo peruano que hacía las veces de guía. Me parece que saben tan bien como yo que debemos dirigirnos a la ciudad de los Gugs. No era mi primer viaje las Tierras del Sueño, pero sí sería la primera vez que tuviera que tirar de la argolla de hierro incrustada en la losa y descender al Mundo Subterráneo. Algo me decía que no regresaríamos todos.

Mi mente se va recuperando del aturdimiento inicial y mientras caminamos hacia el enorme círculo de megalitos ciclópeos donde descansa la maldita losa, recuerdo que venimos a intentar recuperar al profesor Cavan; lleva demasiado tiempo dormido y no hemos conseguido despertarlo, así que, a estas alturas, probablemente, su yo onírico esté acurrucado en algún rincón esperando despertar o tal vez ya lo hayan encontrado los Gugs.

Miramos desde el hueco que había dejado la enorme losa al desplazarla y lo que vimos desde allí no resultó nada reconfortante: unas colosales torres de piedra dominaban un abrumador paisaje silencioso y fantasmal, sin duda alguna, era un territorio inhóspito que no se había creado para el hombre. No creía en los dioses, pero ahora mismo deseaba tener alguno al que encomendarme para que nos protegiera de cruzarnos con alguno de aquellos seres gigantescos que los mismísimos Grandes dioses habían maldecido y desterrado.


Puedes acceder al resto de relatos aquí: Relatos inspirados en los mundos de Lovecraft

martes, 29 de marzo de 2022

SERVIDOR DE OTROS DIOSES

Tenía la inquietante sensación de que la interminable gruta se estrechaba a cada paso que dábamos. Llevábamos una eternidad descendiendo, cada vez más y más profundo, como si quisiéramos alcanzar el centro de la Tierra. El sudor resbalaba por mi nariz, dejando caer gotas sobre el cañón de mi escopeta del 12. Caminábamos alerta y en silencio, escuchando solamente las pisadas de nuestras botas sobre un suelo cubierto de arena y piedras.

Y, por fin, después de muchos metros recorridos por las entrañas de aquella caverna, divisamos un fulgor titilante que iba ganando intensidad conforme avanzábamos. Probablemente sería alguna hoguera o antorchas clavadas en las toscas paredes de piedra, pero, a medida que nos acercábamos, algo más se sumó a la luz: empezamos a oír una especie de música siniestra. Sí, podía escucharse claramente la macabra melodía de lo que parecía ser una flauta demoníaca.

Avanzamos con sigilo hasta la abertura, sin duda estábamos llegando a nuestro destino, pero creo que ninguno estaba preparado para encontrarse con aquello.

Lo que vimos fue horroroso, pero entonces recordé que no era la primera vez que presenciaba cómo algunos hombres y mujeres se dejaban arrastrar por la locura hasta límites insospechados. Unas cincuenta personas danzaban desnudas de manera grotesca, como poseídas, aullando alrededor de una gran hoguera y justo en el corazón de aquel fuego verduzco, se erigía un altar descomunal oscurecido por el humo. Aunque, lo peor de todo estaba situado sobre él.

Un grupo de niños, colocados en círculo, yacía encima del altar con ojos asustados y en el centro de aquel círculo se contorsionaba una extraña criatura. Aquel ser amorfo y tentacular era el compositor y artífice de la abominable sinfonía que estaba llegando a su éxtasis, mezclándose con los llantos de las criaturas y los coros enloquecidos de los adoradores.

Era ahora o nunca...

martes, 22 de marzo de 2022

PROFUNDOS

Aquella noche nos disponíamos a acabar con la maldición que pesaba sobre la infame localidad de Innsmouth, famosa por las pérdidas de ganado de los granjeros de los alrededores y por las extrañas desapariciones de caminantes solitarios en mitad de la noche. En medio de un silencio antinatural que se mezclaba con el brillo mortecino de la Luna, navegábamos por un mar embravecido que parecía extender sus olas como tentáculos sobre el decrépito puerto de Innsmouth. Hacia allí nos dirigíamos, en una barca de mala muerte, hacia la boca de Dagon, el abyecto dios primigenio del agua.

No, no nos habíamos vuelto locos, éramos la avanzadilla de un plan de ataque más elaborado. Por así decirlo, nos había tocado ejercer de cebo, ser la carne fresca que debía llamar la atención y desviar los ojos del auténtico desembarco que se produciría desde la Isla de Plum. El gobierno, que contaría con el apoyo de la Guardia Nacional de Massachusetts, había decidido bautizar a la operación policial como "La sombra sobre Innsmouth". 

A escasos metros de la orilla, mientras seguíamos remando sobre un agua negra y oleosa, comprobamos que el muelle estaba extrañamente desierto. Un persistente olor a pescado descompuesto nos golpeó de repente, infectando e impregnando con su fétido aroma el aire que se respiraba en aquel maldito pueblo. Estábamos a escasos metros del amarre cuando el bote empezó a balancearse peligrosamente y, en una súbita sacudida, dos compañeros cayeron por la borda. Los demás mantuvimos el equilibrio como pudimos y echamos mano de las escopetas… sabíamos que no tardarían demasiado en venir a por nosotros.

Y entonces, la maldición de la marca de Innsmouth emergió sin más: sus ojos desorbitados e inexpresivos, sus manos palmípedas, sus branquias palpitantes y aquella piel resplandeciente y resbaladiza. Los Profundos croaron hambrientos para recibirnos y nosotros respondimos a su cordialidad con el hermoso tronar de los cartuchos del 12.

lunes, 14 de marzo de 2022

RETOÑOS OSCUROS

La Universidad de Miskatonic nos había enviado de misión secreta a los bosques próximos a la zona de Chinkultic, en México, donde mucho tiempo atrás había vivido la antigua civilización Maya. Nos habíamos infiltrado en una expedición arqueológica española que buscaba vestigios de aquella cultura. Alguno de nosotros se había hecho pasar por antropólogo, aunque la mayoría estábamos allí en calidad de mano de obra para mover piedras, cavar o trasladar cajas de material. Al fin y al cabo, nadie debía saber que nuestra participación en aquella expedición respondía a la más que probable presencia de grupos sectarios y otros fanáticos adoradores que estaban celebrando rituales de culto a Shub-Niggurath.

Era un bosque de encinas y pinos denso y húmedo, tan tupido que la oscuridad era casi asfixiante. Llevábamos tres días vagando por aquella espesura sin dar con la localización de las ruinas mayas de Chinkultic, perdidos ente la exuberante vegetación y asediados por los insectos. Aquel era un bosque colosal y virgen y su savia primigenia parecía palpitar en las profundas y antiguas raíces insuflándole vida propia.

Durante el día avanzar resultaba agotador, pero apenas encontrábamos descanso cuando caía el sol ya que, por las noches, las pesadillas habían asolado el sueño de varios miembros de la expedición que empezaban a decir que aquel bosque estaba encantado y maldito. Sinceramente, no sé si lo estaba o no, pero sí sé que, durante la tercera noche, el bosque cobró vida y empezó a moverse sembrando el caos y el pánico, aunque lo que se movía no eran los árboles, ¡eran los hambrientos retoños oscuros de Shub-Niggurath!

Sus largos y viscosos tentáculos, aquellas ominosas pezuñas que aplastaban todo a su paso y las bocas, abiertas y supurantes, repartidas por aquel cuerpo oscuro como el petróleo que apestaba a muerte. El infierno acababa de abrirse en aquel bosque demencial…

miércoles, 2 de marzo de 2022

PROTO-SHOGGOTH

El Arkham Sanitarium, una institución médica de reputación más que cuestionable, no era un lugar recomendable ni para los enfermos que allí descansaban y que, teóricamente, eran tratados de sus dolencias mentales. Una vez cruzabas la puerta de entrada, dejando atrás su imponente fachada, te encontrabas con un demencial laberinto de siniestros pasillos por los que resonaban, constantemente, gritos y extraños ruidos.

Nos había llamado la dirección del centro porque los pacientes del sótano 4 llevaban una semana sin parar de aullar desesperadamente en sus celdas y el personal médico estaba empezando a perder el control de la situación. Algunos de los enfermos habían aparecido muertos, completamente destrozados, y los celadores ya no sabían qué hacer.

Si bien no solía darse mucho crédito a lo que decían los pacientes del sanatorio, lo cierto es que estos llevaban varios días afirmando que una especie de extraño ser elástico, que parecía cambiar de forma y agitarse, mostrando la carne y los músculos sin ningún tipo de piel o tejido que los recubriera, merodeaba por los rincones del manicomio. Los médicos habían tratando de calmarlos, pero ni los sedantes ni las terapias lograban sosegar a esas pobres almas condenadas a la locura; estaban convencidos de que la aterradora criatura era responsable de las recientes muertes... pero ¿quién iba a creerse el relato de unos enfermos mentales?

Para acabar de darle un toque macabro al, ya de por sí, enfermizo ambiente, aquella noche llovía a mares en Arkham y la electricidad fallaba en el maldito edificio; la luz iba y venía y algunos de los viejos fluorescentes no dejaba de parpadear. Nunca mejor dicho, todo aquello era una locura.

Un celador nos condujo hasta las escaleras, unas escaleras que parecían adentrarse en una oscuridad impenetrable que no auguraba nada bueno. De fondo, sumergido en un denso silencio, se escuchaba, de vez en cuando, un sollozo melancólico, el leve entrechocar metálico de las hebillas de las correas de las camisas de fuerza e incluso el corretear de pequeños roedores. Todas las señales me estaban indicando que lo más prudente era dar media vuelta y salir del Arkham Sanitarium, pero, a pesar de todo, acompañado por Marsh, Randers y Spunkmeyer, empecé a descender los peldaños con la linterna en una mano y el revólver en la otra…

miércoles, 15 de mayo de 2013

HORRENDO CAZADOR

Llevábamos un par de días cerca de El Cairo estudiando los movimientos de la Hermandad del Faraón, una secta encabezada por el infame Omar Shakti que pretendía contactar con Nyarlathotep... ilusos descerebrados, aquello los podría consumir en un horror infinito. 

Acampados a las afueras de su base, en Avaris, esperamos a que cayera la noche, deseando que las estrellas nos brindasen su protección. Desde una pequeña duna muy próxima vimos centenares de antorchas prendidas alrededor de un primitivo altar de piedra desgastada; unos cuantos adoradores habían empezado el culto y, Shakti, que ejercía sumo sacerdote y hechicero, agitaba los brazos frenéticamente mientras cantaba algo ininteligible con inquietante voz gutural. No sé si era el mejor momento para detener aquella locura, pero no íbamos a tener muchas oportunidades más.

Saltamos desde la duna para interrumpir el ritual, abriendo fuego a discreción, y un buen número de sectarios soltó sus antorchas y empezó a correr, pero otros salieron de sus escondrijos para hacernos frente. Judas y Razor, que avanzaban a mi lado, gritaban como posesos mientras disparaban sus escopetas del 12, los fusiles de Mad, Bill y John silbaban encima de nuestras cabezas limpiándonos el camino, pero la principal preocupación se dibujó en el cielo...

Una colosal silueta oscureció la luz de la Luna y allí, desafiante, una serpiente alada mostraba su grotesca boca rugiente. El servidor de Nyarlathotep, seguramente convocado a la desesperada por el maldito Shakti, venía a proteger a su señor: ¡Pues vuela bastardo, veamos de qué estás hecho!

jueves, 28 de marzo de 2013

HOMBRES SERPIENTE

Llevábamos dos meses infiltrados en el ejército de los Estados Unidos. Hacía un tiempo que circulaban rumores sobre algo extraño que estaba sucediendo en una remota isla de América del Sur y estábamos investigando las pruebas químicas de alto secreto que llevaban a cabo en aquel pedazo de tierra perdido de la mano de dios. Las cabezas pensantes del gobierno habían pedido a los militares que desarrollaran un nuevo y sofisticado tipo de arma biológica.

Con ellos, entre muchos otros investigadores, trabajaba un virólogo chileno, Eduardo Andújar, un tipo solitario y bastante peculiar; alquimista de familia, estudioso de la astronomía, con cierta inclinación por las ciencias ocultas y amante de las teorías científicas más estrambóticas.

Aquella noche habíamos planeado colarnos en su laboratorio en busca de pruebas, formaba parte de la operación para la que nos habían enviado a aquel rincón del mundo, ya que parte del material con que el ejército estaba experimentando había desaparecido misteriosamente en las últimas semanas. Así, cavamos un pequeño túnel y entramos por un lateral del barracón que servía de laboratorio al doctor Andújar. Entre probetas, microscopios, frascos con líquidos de diferente densidad, libros antiguos y numerosas anotaciones, dimos con una peculiar caja metálica con inscripciones en un idioma desconocido. Afortunadamente, aquella especie de cofre estaba abierto y contenía el material que buscábamos.

Estábamos a punto de marcharnos cuando algo siseó a nuestras espaldas, parecía una serpiente... pero, al girarnos, nos encontramos con el siniestro doctor. Aunque una bata blanca cubría su cuerpo, lo cierto es que su cabeza recordaba más bien al de una anaconda. ¡Las leyendas eran ciertas, aquellos seres ofídicos, prodigiosos científicos y adoradores de Yig, existían!

martes, 26 de marzo de 2013

MI-GOS

La escopeta humeaba y mientras la recargaba, me preguntaba porqué demonios habíamos aceptado viajar a aquel maldito pueblo perdido del Nepal. El cerebro del doctor Marsh debía ser condenadamente importante, lo suficiente como para tener que venir a morir a los pies del Himalaya.

Si hubiera sido creyente, me habría encomendado a alguna divinidad o guardaría un par de monedas para el trayecto con el viejo Caronte, pero en aquellas tierras asiáticas tan alejadas e inhóspitas los dioses tampoco hubieran escuchado nuestras súplicas.

Era una pesadilla, uno casi podía pensar que realmente estaba viviendo un mal sueño del que deseaba despertar, pero no… no era una pesadilla, estaba ocurriendo de verdad. Zumbaban por todas partes y no dejaban de caer sin piedad sobre nosotros. Aquellas bestias extraterrestres nos estaban masacrando; armados con avanzada tecnología alienígena, disparaban una especie de rayos eléctricos que perforaban nuestros chalecos antibalas como si fueran de papel y los cartuchos del 12 apenas hacían mella en sus duros caparazones.

Sobrevolaban nuestras cabezas en vuelos rasantes, aguijoneando como avispas cabreadas la trinchera que habíamos improvisado. No resistiríamos mucho más, pronto se terminaría la munición o, simplemente, nos aniquilarían a todos.

Siempre he pensado que una bandada de Mi-gos es una de las peores cosas con las que puedes tropezar. Uno de ellos ya es un rival complicado, pero si te mides a un enjambre de estas criaturas…

¡Maldito seas, Marsh, malditos seáis tú y tu cerebro!

jueves, 21 de marzo de 2013

NYARLATHOTEP

Estábamos en Woodbrige, Inglaterra, ascendiendo el serpenteante curso del río Deben entre vegetación y pedruscos. Los lugareños nos habían indicado cómo llegar a un lugar llamado Sutton Hoo. Aunque no solían acercarse mucho por la zona, algún pastor de ovejas sí había nos asegurado que hasta allí moraban las brujas para celebrar ritos paganos relacionados con el diablo. Podían ser meras supersticiones locales, historias para no dormir, pero no era la primera vez que una simple leyenda se transformaba en algo demasiado real.

Sutton Hoo era el emplazamiento de dos antiguos cementerios medievales y, aunque durante algún tiempo se llevaron a cabo varias excavaciones arqueológicas, estas terminaron por abandonarse. Al parecer, muchos de los profesores y ayudantes de campo se habían negado a volver al lugar porque los malos espíritus los habían ahuyentado; pesadillas, ruidos extraños, alimañas, desaparición de material e incluso algún trabajador del que nunca más se supo.

Y allí estábamos nosotros ahora. La noche era cerrada, escasas nubes y brillantes estrellas decoraban el cielo y, a medida que nos íbamos acercando al maldito lugar, podían escucharse cánticos y veíamos la luz que desprendían varias hogueras… Asomamos las cabezas entre los matorrales y varias siluetas danzaban alrededor de los fuegos: debía haber unas cuarenta personas reunidas allí, pero, de entre todas ellas, destacaba una sola silueta que no bailaba y sobre la que parecía girar todo el ritual. Aquella figura central lo observaba todo con evidente satisfacción. Sobre él parecían converger todas las sombras proyectadas por las llamas, pues su color era negro como el carbón.

¿Podía tratarse de… ? no, no podía ser él…

Salimos de nuestro escondite armas en mano, dispuestos a terminar con aquella danza macabra. Unos cuantos sectarios drogados y en trance no supondrían un problema. Seguro que después de que cayera el primero de ellos, la mayoría se daría a la fuga, así que debíamos centrarnos en aquel extraño hombre negro.

Algunos sectarios empezaron a correr hacia nosotros gritando como locos, pero entre toda aquella marea de gente, él caminaba o más bien se deslizaba, mirándonos aburrido, como diciendo “Para qué venís a molestar…”. Entonces, empezó a sonreír mientras canturreaba, adoptando una mueca de grotesca satisfacción que empezó a crisparme los nervios. Y esa mirada, de una inteligencia muy superior, esa maldita mirada…

Oí los primeros disparos y tres sectarios cayeron al suelo mientras el resto seguía corriendo a nuestro encuentro. De pronto, el brazo que sostenía la escopeta de Randers se ennegreció y consumió, el grito de Norris hizo que me girara para ver como su pierna había sido amputada de golpe… Miré al hombre negro y su sonrisa era más amplia y siniestra aún: ¡Mierda, sí, era ÉL!

Grité a mis camaradas que se olvidaran de los sectarios y abatieran al hombre negro, que ahora alzaba sus brazos al cielo y cantaba aún más alto. Y abrimos fuego; los cañones al rojo vivo humeaban y los casquillos de bala volaban entre gritos y rabia… y cayó al suelo. Cuando nos estábamos acercando, el cuerpo empezó a hincharse y temblar, hasta que reventó y de aquella masa informe emergió, ululante, una colosal y desgarradora figura coronada por una especie de espantosa lengua roja. Fue horrible comprobar como aquella cosa se fijó en mí antes de desaparecer en el cielo sin más.