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sábado, 16 de marzo de 2013

PERROS DE TÍNDALOS

Caminaba por el pasillo de la mansión victoriana de los Walters. Miré por la baranda, la planta baja parecía en orden y solamente el crujido de la madera que cedía bajo mi peso rompía el tenso silencio. Estaba a un par de metros del estudio del señor Harvey, el histérico joyero que había recurrido a nosotros suplicando ayuda entre sollozos. Eché la vista atrás para comprobar que la habitación en la que había dejado a Mad, Judas y Bill seguía cerrada: allí residían todas las esperanzas de mi salvación.

Tragué saliva, acaricié la culata mi recortada y avancé por el pasillo hasta alcanzar el estudio del señor Harvey. Pegué la oreja a la puerta, pero sólo se escuchaba el maldito sonido de la nada. Giré el pomo y empujé, la puerta de madera se abrió lentamente con un leve chirrido que me puso los pelos de punta. Desde el umbral eché un vistazo al interior: el despacho estaba ordenado y repleto de diferentes instrumentos para la talla de gemas, lentes de distintos tamaños y una vieja pulidora, nada más. Escudriñé cada uno de los rincones y seguía sin haber nada. Entonces me pareció oír un lejano gruñido, similar al de un perro rabioso, y caí en la cuenta: ¡Había olvidado los techos!

En cuestión de segundos, un humo espeso y hediondo comenzó a brotar de una de las esquinas del techo del estudio. Algo estaba viniendo muy deprisa, oía sus patas acercándose amenazadoramente. Antes de darme la vuelta y escapar, tuve tiempo de ver una especie de hocico que culminaba unas fauces hambrientas entre las que colgaba una purulenta lengua sedienta de sangre que goteaba una extraña sustancia viscosa… no necesitaba más información, sabía qué tipo de ser era aquella criatura demencial y famélica.

Corrí como nunca en mi vida por aquel pasillo interminable, sintiendo el fétido aliento de la muerte tras de mí. Recuerdo que la puerta del paraíso se abrió a mi grito de “¡Ahora!”. Salté y rodé por los suelos, entrando en una habitación esférica de la que aquel sabueso infernal no podría escapar. Mad cerró la puerta tras de mí y el dulce olor del plomo y de la pólvora invadieron la estancia.

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